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Lo que se declara… y lo que no

  • Foto del escritor: Eder Angeles Hernández
    Eder Angeles Hernández
  • 3 may
  • 2 Min. de lectura

Hay cosas que se dicen en papel… y otras que se sienten en la calle. Y casi siempre, las más importantes no vienen en formatos oficiales ni se entregan en ventanilla, se viven, se padecen, se murmuran; porque mientras miles de servidores públicos llenan su declaración patrimonial, la bandita sigue haciendo su propia declaración diaria: la de sobrevivir con lo que hay… o con lo que medio le alcanza.


Llegó mayo con el ya conocido ritual burocrático: en el que más de cien mil funcionarios están obligados a declarar lo que tienen, lo que ganan y lo que podrían tener. Todo en orden, todo en regla, todo muy institucional; transparencia, le llaman. Y eso está bien, así debe ser, pero la pregunta incómoda no está en lo que se declara… sino en lo que no cuadra.


Porque mientras se llenan formatos, allá afuera el costo de la vivienda sube más rápido que los sueldos, el acceso a servicios básicos se vuelve intermitente y la realidad cotidiana no entiende de plazos ni de plataformas digitales. La perrada no declara patrimonio, declara resistencia, y ahí, mis amigos, es donde entra el otro tema que, curiosamente, no cabe en ningún formulario: la percepción de toda la bandera.


La distancia entre lo que se reporta y lo que se vive empieza a notarse, porque mientras unos cumplen con declarar bienes, otros viven y resisten a la falta de agua con servicios irregulares, con una economía que aprieta más de lo que afloja, y ahí no hay plataforma que capture esa realidad, no hay formato que la explique.


Es justo en ese punto donde la política debería hacer su trabajo más fino: escuchar, ajustar, corregir. Bien nos decía Octavio Paz en El laberinto de la soledad, en el apartado de Los hijos de la Malinche, que el mexicano muchas veces vive entre lo que muestra y lo que oculta, entre la máscara y la verdad. Y pocas frases describen mejor este momento: un gobierno que declara, una sociedad que observa… y una realidad que no siempre coincide.


Porque al final, lo que está en juego no es el cumplimiento de una obligación administrativa, esa credibilidad de que el servidor público vive de lo que gana con su salario y no de los “pellizcos”, pero bien se sabe que esa no se presenta en mayo, ni se firma, ni se archiva.


Se construye (o se derrumba) todos los días, en lo que se ve… y sobre todo en lo que no se puede esconder. Porque al final, la confianza no se llena en un formato ni se valida con un acuse de recibo; se gana cuando lo declarado coincide con la realidad, no cuando se maquilla para que cuadre en el sistema.


Y mientras eso no pase, la bandita seguirá haciendo su propia auditoría, esa que no necesita contraseña ni plataforma, pero que nunca se equivoca, porque aquí, en la vida real, no basta con declarar… también hay que sostener.


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