Los que extrañan “las rentitas”
- Eder Angeles Hernández

- 2 ago
- 3 min de lectura
Hay críticas que nacen de la convicción y otras que parecen surgir cuando se toca el bolsillo. En política es relativamente sencillo distinguir unas de otras; basta con seguir el rastro del dinero, esta semana, Hidalgo nos regaló una de esas historias donde el discurso se viste de preocupación ciudadana, pero detrás del telón asoman viejas costumbres, intereses añejos y nostalgias inmobiliarias, porque no es lo mismo cuestionar una obra pública por su utilidad que hacerlo cuando esa misma obra amenaza con cerrar la llave de un negocio que durante años vivió a costas del erario.
La senadora Carolina Viggiano publicó un video en el que cuestiona la construcción de los nuevos edificios que albergarán diversas dependencias del Gobierno del Estado. Argumenta costos, prioridades y la conveniencia del proyecto; un debate completamente válido en cualquier democracia. Lo que también resulta válido es preguntarse por qué esa preocupación aparece justamente cuando el gobierno busca concentrar oficinas propias y dejar de pagar millonarias rentas a inmuebles particulares.
Y ahí comienza la verdadera conversación, porque durante décadas el servicio público convirtió el arrendamiento de edificios en un negocio extraordinario para unos cuantos, el gobierno pagaba, los propietarios cobraban y el dinero público seguía fluyendo mes con mes sin mayor sobresalto, hoy la apuesta parece distinta: construir patrimonio público para dejar de depender del patrimonio privado.
Claro que eso incomoda, y no porque cambie la arquitectura de la administración, sino porque modifica la arquitectura de los intereses, la política suele tener buena memoria... sobre todo cuando se trata de ingresos.
Mientras tanto, en otro escenario, el diputado Nabor Rojas decidió hacer lo que muchos políticos olvidan evitar: hablar de más. En un podcast, relajado, casi como si la cámara fuera un viejo amigo, comenzó a relatar acuerdos, negociaciones y conversaciones que tradicionalmente permanecen detrás de la cortina. Los famosos arreglos "en lo oscurito" dejaron de ser rumores para convertirse en anécdota narrada por uno de sus propios protagonistas.
Y cuando eso ocurre, el problema ya no es lo que dice la oposición, el problema es lo que reconoce el propio actor, hay silencios que construyen carreras políticas y confesiones que las potencializan, porque una cosa es que la ciudadanía sospeche cómo funciona la política y otra muy distinta es que sean los propios políticos quienes, por exceso de confianza o protagonismo, confirmen aquello que durante años negaron.
Las aspiraciones políticas también viven de la credibilidad, y cuando ésta se fractura, ninguna estrategia digital alcanza para reconstruirla, Octavio Paz advertía en El laberinto de la soledad que el mexicano suele debatirse entre la apariencia y la verdad, entre la máscara y el rostro auténtico. En política esa reflexión cobra un peso enorme: muchas veces el discurso público pretende ocultar lo que, tarde o temprano, termina revelándose por un descuido, una grabación o un micrófono que nunca estuvo realmente apagado.
Al final, ambas historias parecen distintas, pero hablan exactamente de lo mismo, por un lado, quienes hoy descubren un súbito interés por cuidar el dinero público cuando ese mismo dinero dejará de llegar a ciertos bolsillos; por el otro, quienes, en un exceso de confianza, terminaron exhibiendo los mecanismos que durante años alimentaron la desconfianza ciudadana, la política hidalguense sigue empeñada en demostrar que el mayor enemigo de un político no siempre es su adversario.
Muchas veces es su propia memoria o peor aún… su propia lengua; porque los edificios podrán cambiar de dueño, las oficinas mudarse de domicilio y las rentas terminar algún día; pero las palabras, una vez dichas, no conocen marcha atrás. Y en política, donde todo queda grabado, el cemento tarda años en fraguar... pero una declaración imprudente puede derrumbar una candidatura en cuestión de minutos.





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