"El caballero errante"
- Eder Angeles Hernández

- hace 8 minutos
- 2 Min. de lectura
Se estrenó El caballero errante y, sin querer, nos hizo sentir que es como un espejo. Uno de esos incómodos, donde no se ve fantasía sino realidad política. Porque eso de andar errante, de vagar entre causas, cargos, discursos y conveniencias, le queda como anillo al dedo a buena parte de la polaca hidalguense, tanto a la empolvada como a la que presume ser emergente.
El errante no es solo el que camina sin rumbo, es el que cambia de bandera cuando el viento sopla distinto, el que jura lealtades que duran lo que dura la coyuntura, el que se presenta como paladín del bien hacer pero carga más equipaje del que admite. En Hidalgo, ese mote no es metáfora literaria: es semblanza política.
George R. R. Martin escribió que “el poder reside donde los hombres creen que reside”. Y vaya que aquí muchos creen que reside en el discurso, en la pose, en el cargo y no en el encargo como tal. Por eso abundan los caballeros errantes de micrófono fácil y brújula moral extraviada. Mucha épica verbal, poca coherencia cotidiana.
En ese escenario apareció el episodio de la senadora Simey Olvera y el escándalo provocado por uno de sus excolaboradores. Un ruido que no solo golpeó su narrativa, sino que exhibió algo más profundo: la fragilidad de los equipos políticos armados a la carrera, con más confianza que filtros, con más cercanía que rigor. Porque en política, como en las historias bien contadas, los personajes secundarios también definen al protagonista.
La reacción fue la esperada, control de daños, deslinde rápido y discursos de ocasión. Pero la bandita no es ingenua, sabe que cuando un colaborador se descarrila, no es solo responsabilidad individual, también es reflejo del liderazgo que lo eligió, lo sostuvo y lo proyectó. El caballero errante no camina solo; siempre deja huellas.
Lo interesante es cómo este mote encaja tanto en los viejos conocidos como en quienes se presentan como renovación. Cambian las caras, no siempre las prácticas. Cambia el lenguaje, no siempre el fondo. Se habla de ética, pero se opera con los mismos códigos de siempre. Se promete transformación mientras se repiten viejos vicios con narrativa nueva.
Y aquí está el verdadero problema. La errancia política no es romántica, es costosa. Confunde a la perrada, desgasta a las instituciones y vacía de sentido el servicio público. Porque gobernar no es deambular entre cargos ni sobrevivir a escándalos; es tomar decisiones, asumir consecuencias y sostener principios incluso cuando incomodan.
Al final, El caballero errante funciona como advertencia involuntaria. En la ficción, el viaje construye carácter. En la política hidalguense, la jerarquía muchas veces solo exhibe ambición sin destino. Y eso, tarde o temprano, se nota. Porque el poder puede parecer mágico, pero como diría el creador del universo de GOT, solo existe mientras alguien crea en él. Y la fe de la bandera, esa, ya no es infinita.










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