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"La oposición en oferta"

  • Foto del escritor: Eder Angeles Hernández
    Eder Angeles Hernández
  • hace 2 horas
  • 3 Min. de lectura

En política no hay reuniones inocentes. Cuando dos personas que históricamente han caminado en banquetas opuestas aparecen sentadas en la misma mesa, la pregunta no es si hubo diálogo… sino qué se negoció en silencio. Porque en Hidalgo los gestos pesan más que los comunicados y las fotografías dicen más que los boletines.


La reciente reunión entre Damián Sosa, dirigente estatal del PT, y el secretario de Gobierno, Guillermo Olivares, fue presentada como un ejercicio de diálogo institucional, un compromiso con la Cuarta Transformación, ahora también abrazada como lema petista. “PT también es 4T”. La frase suena a alineación estratégica, a integración disciplinada al proyecto dominante. Suena, incluso, a reconciliación.


Pero la política no se analiza por lo que suena, sino por lo que significa, por lo que nos dicen sin tener que decirnos nada. No es desconocido para nadie que el segundo al mando del llamado Grupo Universidad no se ha caracterizado precisamente por su docilidad frente a los gobiernos en turno. Su perfil ha sido, históricamente, el de oposición sistemática. No importa el color del poder: la confrontación ha sido su hábitat natural. Desde sus tiempos universitarios hasta las arenas partidistas, el brinco (ese deporte nacional de los “chapulines”) ha sido parte del ADN político de este personaje.


Por eso la escena resulta, cuando menos, llamativa. ¿Estamos ante una genuina voluntad de construcción política? ¿O ante la comprensión pragmática de que enfrentarse frontalmente a una estructura consolidada puede resultar suicida? Porque si algo ha quedado claro en el tablero hidalguense es que la oleada guinda no sólo ganó la plaza: la consolidó. Y lo hizo con una disciplina y narrativa que recuerdan a esos partidos que en el pasado gobernaron por sexenios completos sin apenas sobresaltos.


Aquí es donde la lectura de Psicología de las masas, de Gustave Le Bon, cobra vigencia. Le Bon advertía que las masas no se mueven por razonamientos complejos, sino por símbolos, emociones y percepciones de fuerza. Cuando una corriente política proyecta cohesión y destino manifiesto, la mayoría tiende a alinearse. No por convicción profunda, sino por inercia psicológica.


La oposición en Hidalgo parece haber entendido esa lógica. Poco a poco, los espacios críticos se diluyen. Los discursos que antes eran frontalmente combativos hoy se matizan. Las posturas que antes eran irreductibles ahora encuentran puntos de coincidencia. Y en ese tránsito, la frontera entre adversario y aliado se vuelve peligrosamente difusa.


Porque en política, mantener cerca a quien podría incomodarte suele ser más eficaz que confrontarlo abiertamente. Y aceptar ciertas invitaciones puede ser, también, una forma elegante de supervivencia.


El problema no es el diálogo. Lo preocupante es la asimetría, cuando una fuerza política se consolida al grado de absorber (o neutralizar) a quienes antes representaban contrapeso, la pluralidad pierde músculo. Y sin contrapesos reales, el poder se vuelve cómodo.


Lo que percibimos en esa reunión puede interpretarse como madurez política. O como rendición estratégica. Depende del cristal con que se mire, pero lo que no puede negarse es que la oposición, tal como la conocíamos, parece ceder terreno ante una estructura que hoy se muestra más sólida que nunca.


Si el PT decide asumirse plenamente como parte del bloque dominante, deberá explicar cómo conciliará esa postura con su historial de confrontación permanente. Porque cambiar de narrativa no borra la memoria colectiva. Y la bandita, aunque volátil, no es ingenua.


En Hidalgo el tablero se está reacomodando. Las fotografías sonrientes pueden ocultar tensiones profundas o inaugurar nuevas alianzas duraderas. El tiempo lo dirá. Pero si la oposición sigue diluyéndose entre acuerdos estratégicos y pragmatismos calculados, pronto dejaremos de hablar de equilibrios… para hablar de hegemonía.


Y entonces, ya no será cuestión de quién se reunió con quién, sino de quién quedó realmente del otro lado de la mesa.


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