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"El Congreso de las buenas intenciones"

  • Foto del escritor: Eder Angeles Hernández
    Eder Angeles Hernández
  • hace 2 días
  • 3 min de lectura

Dicen que la forma también comunica, aunque en política, muchas veces, comunica más el edificio que las decisiones que se toman dentro de él. Porque mientras la bandita sigue haciendo malabares para llegar a la quincena, en Hidalgo la conversación de la semana no fue sobre cómo mejorar la seguridad, abatir el rezago social o tapar los baches que ya parecen patrimonio cultural; no, la discusión giró en torno a un nuevo Salón de Plenos que, si las cuentas no fallan, costará más de 85 millones de pesos (más-menos). Nada mal para una casa donde, dicho sea de paso, no siempre abundan los grandes debates.


El Congreso del Estado abrió el periodo de propuestas para construir una nueva sede legislativa, un recinto moderno, con dos plantas, lobby, áreas exclusivas y curules relucientes. Lo curioso no fue únicamente el monto de la inversión, sino que solamente una empresa decidió participar en la licitación, cuando la competencia brilla por su ausencia, inevitablemente aparecen las preguntas; y en política, las preguntas suelen ser mucho más incómodas que las respuestas.


Porque nadie discute que las instituciones deben contar con espacios dignos, lo cuestionable es el momento, la prioridad y, sobre todo, la percepción que deja una obra de ese tamaño cuando la ciudadanía enfrenta problemas mucho más urgentes. La confianza pública no se construye con concreto, cristal o acero; se construye con resultados.


Y mientras unos planean estrenar curules, otros apenas aprendieron que asistir a trabajar también forma parte de sus responsabilidades, paradójicamente, el mismo Congreso aprobó reformas para sancionar económicamente a los regidores que faltan de manera injustificada a las comisiones municipales. Es decir, hubo que modificar la ley para recordarles a algunos representantes populares que su obligación es presentarse, debatir, dictaminar y trabajar por quienes les otorgaron el voto.


Vaya tiempos aquellos en los que cumplir con el empleo no requería una reforma legislativa; la medida, sin duda, responde a un reclamo ciudadano de muchos años. En los ayuntamientos abundan los regidores que aparecen puntualmente para la fotografía oficial, pero cuya presencia desaparece cuando toca estudiar expedientes, integrar dictámenes o discutir asuntos que verdaderamente impactan a sus municipios. Para algunos, el cargo parece incluir dieta... pero no necesariamente trabajo.


La periodista Anabel Hernández ha sostenido en diversas investigaciones que uno de los mayores problemas de las instituciones públicas no siempre radica únicamente en la corrupción abierta, sino en las redes de complicidad y en la normalización de prácticas que terminan convirtiéndose en costumbre, quizá ahí se encuentre una de las mayores lecciones para la clase política: cuando la simulación deja de escandalizar, comienza a institucionalizarse.


Y ese es precisamente el verdadero riesgo, ya que mientras el ciudadano común responde todos los días por sus obligaciones laborales, existen servidores públicos que parecieran necesitar sanciones para recordarles aquello por lo que cobran, y no… no deja de ser irónico que quienes elaboran las leyes tengan que legislar para obligar a otros políticos a cumplir con su horario.


Ojalá que el nuevo Salón de Plenos no termine siendo únicamente un recinto más elegante para escuchar los mismos discursos de siempre, de poco sirve cambiar el mobiliario si no cambia la voluntad de quienes ocupan las curules. El mármol puede ser nuevo, las butacas más cómodas y el lobby más moderno; pero si las ideas siguen llegando tarde, o de plano nunca llegan, el edificio terminará siendo solamente un monumento más a la apariencia.


Porque la ciudadanía nunca ha pedido un Congreso más bonito; ha pedido uno más trabajador, y entre una curul de lujo y un representante que realmente legisle, la respuesta debería ser tan sencilla que ni siquiera tendría que ponerse a votación.


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