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"El Mundial, los ausentes y los oportunistas"

  • Foto del escritor: Eder Angeles Hernández
    Eder Angeles Hernández
  • hace 15 horas
  • 3 min de lectura

Hay eventos que paralizan países enteros; otros, simplemente los distraen de sus problemas por noventa minutos. El Mundial de Fútbol pertenece a ambas categorías, México volvió a ser el centro de miradas y tuvo a los ojos del planeta, las cámaras internacionales enfocaron nuestros estadios, nuestras calles y nuestra pasión; la bandita desempolvó camisetas, banderas y hasta cábalas futboleras, porque si algo sabemos hacer los mexicanos, además de sobrevivir, es ilusionarnos con el “pambol”.


Sin embargo, como suele suceder en estas tierras donde la realidad supera constantemente a la ficción, la fiesta arrancó acompañada de bloqueos, protestas, complicaciones logísticas y una buena dosis de incertidumbre. Nada nuevo bajo el sol; pareciera que en México no podemos organizar una celebración sin que alguien decida atravesar una manta, una barricada o una inconformidad en el camino. Afortunadamente, el balón terminó rodando y por unas horas la conversación nacional dejó de ser la política para convertirse en alineaciones, goles y pronósticos.


Aunque hablando de política, hubo una ausencia que llamó más la atención que algunos jugadores dentro de la cancha. La presidenta Claudia Sheinbaum no apareció en el partido inaugural y, como era de esperarse, las redes sociales hicieron lo que mejor saben hacer: especular. Unos aseguraron que evitó posibles abucheos; otros afirmaron que prefirió mantenerse cerca de su gente; algunos más sostuvieron que cedió el protagonismo a otros actores institucionales. La realidad probablemente la conozcan muy pocos, pero en política los vacíos suelen llenarse con versiones más rápido de lo que rueda un balón.


Y es precisamente ahí donde comienza el verdadero espectáculo, porque mientras millones observaban el partido, otros más analizaban quién apareció en las gradas, quién fue invitado, quién ocupó los palcos principales y quién decidió mantenerse lejos de los reflectores. El fútbol podrá ser el deporte más popular del planeta, pero la política sigue siendo el deporte favorito de muchos mexicanos, por si fuera poco, otro fenómeno captó la atención de la perrada: la invasión de influencers.


Decenas de creadores de contenido desfilaron por estadios, zonas VIP, eventos exclusivos y transmisiones especiales; algunos realmente apasionados por el fútbol, otros con el mismo conocimiento futbolístico que un cactus sobre ingeniería aeroespacial, pero ahí estaban, tomándose fotografías, grabando historias y subiéndose al tren del hype mundialista.


Y es que hoy parece más importante documentar que vivir, no importa si se entiende un fuera de lugar, si se conoce la historia de una selección o si se distingue un tiro de esquina de un saque de banda; lo importante es aparecer, estar transmitiendo para ser visto.


Hace décadas Octavio Paz advertía en El laberinto de la soledad que el mexicano vive muchas veces entre la representación y la realidad, entre lo que es y lo que proyecta ser. Quizá por eso no sorprende que algunos hayan convertido el Mundial en un escenario más para alimentar personajes digitales, mientras miles de aficionados auténticos observan desde lejos una fiesta a la que cada vez es más difícil acceder.


Porque esa es la otra cara del asunto, mientras influencers, patrocinadores y celebridades ocupaban espacios privilegiados, muchos aficionados comunes enfrentaban precios exorbitantes, restricciones de transmisión, costos impagables y un espectáculo cada vez más exclusivo. El fútbol sigue siendo del pueblo, dicen; el problema es que verlo comienza a parecer un lujo reservado para quienes tienen la cartera adecuada.


Pero aun con todo eso, el Mundial sigue teniendo algo mágico, durante unas semanas desaparecen colores partidistas, ideologías y diferencias; el país entero vuelve a mirar hacia la misma dirección y comparte la misma ilusión, aunque sea efímera, quizá por eso genera tanto interés quién estuvo y quién no estuvo.


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