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"La pelota se privatiza"

  • Foto del escritor: Eder Angeles Hernández
    Eder Angeles Hernández
  • hace 13 horas
  • 3 min de lectura

Hay cosas que deberían unir a la bandita sin importar colores, credos, partidos políticos o tamaño de cartera. El fútbol es una de ellas o al menos así era antes de que alguien descubriera que la pasión también podía rentarse, concesionarse y cobrarse por evento. Porque resulta que para el próximo Mundial no bastará con tener pantalla, ganas de reunirse y unos cuantos amigos dispuestos a sufrir con la Selección, no señor, ahora hasta para ver los partidos en espacios públicos habrá que pedir permiso, pagar derechos y evitar multas que podrían hacer llorar hasta al más optimista de los tesoreros municipales.


Vaya forma de celebrar la llamada fiesta del fútbol, el Mundial de 2026 promete romper récords de audiencia, ingresos y derrama económica, pero también podría convertirse en el más excluyente de la historia. Porque una cosa es proteger derechos comerciales y otra muy distinta convertir el acceso colectivo a un evento deportivo en un privilegio reservado para quien pueda pagar ya sea un boleto al estadio o pagar los derechos de transmisión.


Durante décadas, la esencia de los mundiales estuvo precisamente en eso: reunir a la gente, la bandita se congregaba en plazas, jardines, auditorios, mercados y cualquier rincón donde hubiera una pantalla, ahí se sufrían los goles, se gritaban los triunfos y se compartían las derrotas, pero hoy día parece que la emoción también tiene que pagar.


Y mientras el balón se convierte cada vez más en un producto premium, acá en Hidalgo otra realidad mucho menos glamorosa volvió a hacerse presente, los trabajadores de la clínica del ISSSTE Columba Rivera decidieron levantar la voz para denunciar diversas problemáticas que, aseguran, afectan tanto al personal como a los derechohabientes. La protesta derivó en bloqueos, tensión y posteriormente en la intervención de elementos de seguridad pública.


Las imágenes de policías retirando manifestantes dejaron más preguntas que respuestas, porque independientemente de las formas, hay un fondo que no puede ignorarse. Los problemas en el sistema de salud no son inventos de nadie, no son exclusivos de Hidalgo ni aparecieron de la noche a la mañana, son consecuencia de años de carencias, falta de recursos, infraestructura insuficiente y decisiones administrativas que rara vez pisan una sala de espera.


Y aquí vale la pena recordar algo elemental, los policías que acudieron al operativo, los funcionarios que observaron el conflicto desde sus oficinas y los ciudadanos que criticaron la protesta desde redes sociales comparten algo en común con los trabajadores inconformes: cuando la enfermedad toca la puerta, todos terminan necesitando un sistema de salud que funcione.


Gustave Le Bon explicaba en Psicología de las masas que cuando las personas sienten que sus demandas no encuentran canales efectivos para ser escuchadas, terminan agrupándose para hacer visible aquello que individualmente pasa desapercibido. Eso ayuda a entender muchas movilizaciones contemporáneas, la multitud no siempre surge por capricho; muchas veces aparece porque nadie escuchó cuando se habló en voz baja.


Claro que toda protesta debe encontrar equilibrio entre el derecho a manifestarse y el respeto a terceros, pero también toda autoridad debería preguntarse por qué los conflictos llegan al punto de estallar públicamente.


Porque cuando los trabajadores de la salud protestan, rara vez el problema es solamente de los trabajadores. Al final, ambos temas parecen más relacionados de lo que aparentan, por un lado, un Mundial que poco a poco se aleja de la gente común para convertirse en un espectáculo reservado para quienes puedan pagar cada vez más por verlo, por el otro, un sistema de salud donde quienes sostienen la operación cotidiana sienten que para ser escuchados deben salir a la calle.


En ambos casos aparece el mismo fantasma: la distancia entre las instituciones y las personas, y cuando esa distancia crece demasiado, ya sea en el fútbol o en la salud, lo que termina perdiéndose no es el negocio ni la política, es algo mucho más valioso, la confianza de la gente.


Porque una sociedad puede soportar malos resultados durante algún tiempo, lo que difícilmente soporta es la sensación de que las decisiones se toman sin pensar en quienes terminan pagándolas.


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