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El poder sin chaleco…

  • Foto del escritor: Eder Angeles Hernández
    Eder Angeles Hernández
  • 5 nov 2025
  • 2 Min. de lectura

No voy a fingir calma. Lo que pasó en Pisaflores me duele e indigna por donde se vea. Duele en lo más profundo de mi sentir ciudadano porque uno ve cómo se apaga una vida que representaba a todo un municipio; y molesta porque, una vez más, las autoridades reaccionan como si los “pueblos” ya sean de Hidalgo o de cualquier otro estado del país fueran solo puntos borrosos en el mapa. No es la primera vez que un municipio queda en penumbra por la indiferencia del poder, y cada vez cuesta más creer que las promesas valen algo más que el papel donde se quedan en meros convenios.


Miguel Bahena Solórzano, excalcalde de Pisaflores, se convirtió en símbolo involuntario de esa fragilidad política que tanto se maquilla en los informes. Pisaflores no es un rincón olvidado: es un retrato de lo que pasa cuando el Estado llega tarde, cuando la justicia se diluye en el trámite y cuando la bandita tiene que enfrentar sola la desgracia. Inundaciones, caminos destruidos, comunidades incomunicadas… y ahora una herida más en la memoria de tan alejado lugar del estado.


El poder debería proteger, no exponer. Tal parece que hoy día gobernar parece un acto temerario, una especie de salto al vacío con un chaleco de cartón. Los municipios están quedando a la deriva, sin recursos, sin estrategia, sin presencia real. Y no, no es exageración: es la consecuencia directa de un sistema que centraliza la atención y delega la responsabilidad. Desde las capitales, todo se ve en estadísticas; desde la tierra, se vive en miedo.


René Urbina decía que “cuando el poder local se vacía de autoridad, la violencia lo rellena”. Y lo estamos viendo. No solo en Hidalgo, también en varios puntos del país donde los alcaldes que quieren trabajar bien los terminan silenciando. Pero lo más triste no es el peligro, sino la costumbre. Pero ya la bandita (esa gente que aguanta, que sale a rescatar, que se levanta con lo que tiene) ya no se sorprende.


El guión de siempre se repite: conferencia, pésame, promesas. Mientras tanto, los caminos siguen destrozados, las lluvias siguen cayendo, y la perrada sigue preguntándose quién cuida a los que deberían cuidarlos. Esa es la ironía de un poder sin chaleco: presume músculo, pero no tiene piel que resista.


Lo rescatable, porque algo bueno hay siempre, es la solidaridad. La bandera se organiza, la gente llega con víveres, con cobijas, con manos. Los de abajo, los que casi nunca salen en las fotos, son los que sostienen a los suyos, siempre mirando para adelante y echándole galleta para salir adelante: saben que no hay mal que por bien no venga, esa pandilla que siempre tiende la mano al hermano caído.


Pisaflores no es un punto perdido, es un recordatorio. Un mensaje claro de que el poder, cuando olvida su deber, se convierte en espectador. Y si los de arriba no entienden que ya no hay chalecos que protejan del hartazgo, entonces pronto no quedará nadie dispuesto a cargar con esa responsabilidad.


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