Entre baches, inundaciones y obras…
- Eder Angeles Hernández

- 22 oct 2025
- 2 Min. de lectura
Hay paisajes que son más precisos y duros que cualquier estadística. En Hidalgo, las imágenes recientes de calles sumergidas, familias que lo perdieron todo y caminos destrozados por el paso del agua, hablan más fuerte que cualquier discurso. Son más de veinte municipios, los afectados, algunos en penumbras, otros incomunicados, y con ellos una parte del estado que, entre la desesperanza y la solidaridad, intenta mantenerse en pie.
Las lluvias de la última semana no solo inundaron hogares: mostraron a una población totalmente vulnerable y cansada de ver cómo, año tras año, la historia se repite con distinto contexto. La naturaleza simplemente cumple su ciclo (diría mi abuelito: el agua tiene memoria); el problema está en que las autoridades no aprenden el suyo. Es más que evidente la falta de planeación, el mantenimiento deficiente de drenajes, la improvisación en las obras públicas y el abandono de comunidades enteras las cuales se combinan para crear este terrible escenario.
Pachuca, la capital, es hoy un reflejo del resto del estado. Entre baches, obras inconclusas y calles convertidas en trampas, cada lluvia la vuelve una ciudad un auténtico caos. No solo la infraestructura colapsó. La administración pública ha confundido progreso con pavimento. Se anuncian proyectos de modernización, pero la perrada sigue esquivando zanjas y autos varados como parte del paisaje cotidiano, lo que sí, es que las vulcanizadoras proliferan.
La tragedia, sin embargo, saca a flote lo mejor del estado y de mucha bandita dispuesta a apoyar. Desde distintas regiones del país llegaron víveres, brigadas y voluntarios. Y dentro de Hidalgo, comunidades enteras se organizaron sin esperar órdenes ni protocolos. La bandera se movilizó con una rapidez que ningún plan de emergencia podría igualar. Familias abriendo sus casas a desconocidos, jóvenes recolectando ropa y alimentos, rescatistas improvisados… Esa es la fuerza que no se decreta, pero sostiene.
Mientras tanto, los gobiernos hacen balance de daños y obras a ejecutar. Se anuncian nuevos estudios, más inversión, diagnósticos técnicos y declaraciones que suenan a eso ya lo hemos visto. La ciudadanía escucha, pero también recuerda. Porque detrás de cada inundación hay años de advertencias ignoradas, presupuestos diluidos y obras que se presentan como soluciones, pero realmente evaden el problema.
Hidalgo no necesita discursos grandilocuentes, sino políticas públicas que prevengan, que se planeen con cabeza y se ejecuten con manos limpias. La infraestructura no puede seguir siendo rehén de los tiempos electorales ni excusa de emergencia cada temporada de lluvias.
Hidalgo prevalecerá, aunque mojado y cansado. Pero si algo ha quedado claro en estos días es que la bandita no se rinde. La perrada volvió a demostrar que, cuando el agua amenaza con llevarse todo, el espíritu solidario es lo único que nunca se hunde.
Quizás los baches vuelvan a surgir, y las obras tarden más de lo que deberían. Pero lo que también seguirá (y eso vale más que cualquier presupuesto) es la capacidad de esta gente tan linda y jaladora para unirse, levantarse y volver a empezar. Porque Hidalgo no solo resiste: enseña, a su manera, que la fuerza real no viene del poder, sino del pueblo que no deja vencer por una tromba.










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