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"Miedo o precaución"

  • Foto del escritor: Antonio Díaz
    Antonio Díaz
  • 3 ago 2025
  • 3 Min. de lectura

La Rueda de la Fortuna


A estas alturas del juego, ya no se sabe quién puede causar más daño al país en materia de seguridad. Para pocos, sobre todo automovilistas, resulta desconocido que existen programas y acciones que supuestamente combaten la delincuencia. Estas iniciativas, al anunciarse, parecen muy reales y convencen de que se va a terminar con la violencia, pero, en realidad, eso luce más lejano de lo que cualquiera de a pie se imaginaría.

 

Si alguien dudara, basta abrir los ojos para asomarse a la realidad: la mayoría de las medidas no funciona, tienen un carácter recaudatorio o únicamente sirven para simular que se hace algo. En el caso de los automovilistas, basta salir a la carretera —federal o estatal— y observar que motociclistas de vialidad, patrullas municipales o estatales y, hasta de la Guardia Nacional, parecen salir solo a “trabajar” sacando “lo del día”. Aunque, claro, no todos: eso debe quedar claro.

 

Lo peor ocurre en carreteras como la que comunica la capital del estado con el Altiplano, donde se colocan con frecuencia retenes falsos de seguridad. Delincuentes con más astucia que los propios federales —incluidos integrantes de la Guardia Nacional— utilizan esas estrategias para robar automóviles, pertenencias, dinero en efectivo y artículos de valor a los conductores.

 

Aun cuando circulan patrullas oficiales de la GN —ellos aseguran que lo hacen con frecuencia—, no detectan esos retenes: no los ven. Otras veces, se hacen los desentendidos o actúan con cautela. Hay quienes piensan que algunos agentes, aunque no todos porque unos laboran en oficinas, conocen perfectamente lo que sucede pero prefieren no involucrarse.

 

Tampoco sorprende que ante una infracción puedan arribar hasta cinco patrullas, motociclistas y casi todas las corporaciones, empleando incluso fuerza excesiva para someter    al infraccionado. Pero ocurre lo contrario cuando una camionetona sin placas y en exceso de velocidad se aproxima. Entonces los agentes parecen no darse cuenta y, casi casi, les dicen: “pase usted, jefe”. Eso suena a miedo o quizá a precaución.

 

El enfoque, sin embargo, empeora en cada cambio de administración, ya sea estatal o municipal. A pesar de ser elegidos por partido, dedazo, compadrazgo o amiguismo, muchos llegan sintiéndose propietarios del puesto. Se consideran amos y señores, creen que ocuparán esos cargos toda la vida y cometen tropelías. Pregúntenle al presidente municipal de Tianguistengo, quien ahora enfrenta no solo el rechazo de sus gobernados —quienes lo califican como incompetente— sino también de políticos que no han sido beneficiados por su administración.

 

A cada cambio de gobierno se dice que se imparten capacitaciones para “cortarles las uñas”, se les advierte que ya no pueden actuar como antes; pero, al final, todo sigue igual. Se creen dueños no solo de los municipios y sus espacios, sino también de un “poder de impunidad”. En el Congreso estatal ocurre lo mismo. Pese a ello, la situación no cambia: cada día más funcionarios, exfuncionarios de diferentes niveles, alcaldes y exalcaldes son perseguidos no por demostrar eficacia, sino por robar con impunidad. Se aferran a amigos, hermanos o compadres que los introducieron al cargo, creyendo tener protección. No se dan cuenta de que son usados para cometer fechorías y, al final, se convierten en los más tontos, quienes pagan los platos rotos.

 

La ciudadanía continúa en espera de un gobernante auténtico. Con tantos supuestos cambios que nunca se concretan, ¿quién no se desanimaría?


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