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"Mucho verbo, cero miedo…"

  • Foto del escritor: Eder Angeles Hernández
    Eder Angeles Hernández
  • 14 ene
  • 2 Min. de lectura

La bandita ya no se chupa tan fácil el dedo, puede tolerar discursos largos, tecnicismos innecesarios y hasta conferencias eternas, pero lo que ya no se traga es esa vieja maña de hablar mucho y no decir nada. Y justo ahí es donde entra a escena el diputado Ricardo Crespo Arroyo y su ya célebre rueda de prensa, esa donde se tocó todo… menos el punto central. Una auténtica cantinfleada monumental.


La perrada escuchó atenta, se habló de transparencia, de legalidad, de compromiso público, de vocación de servicio y de todas esas palabras que suenan bonito en el micrófono, pero cuando llegó el momento de aclarar los supuestos conflictos de interés, el discurso se volvió gelatina; mucho movimiento, cero consistencia. La bandera se quedó esperando respuestas y recibió un monólogo bien ensayado para no responder preguntas concretas.


Porque una cosa es explicar y otra muy diferente es marear. Crespo habló como quien le da vueltas al mismo árbol esperando que nadie note que no hay frutos. El problema no es solo la forma, es el trasfondo. Cuando se trata de política pública, de decisiones que impactan directamente en el dinero público, las obras y el rumbo del estado, la claridad no es un favor, es una obligación.


Maquiavelo lo decía sin rodeos en El Príncipe: “Quien engaña siempre encontrará a quien se deje engañar”. El detalle es que hoy la banda ya no es tan fácil de engañar. Las redes, la memoria colectiva y el hartazgo han elevado el nivel de sospecha. Ya no basta con pararse frente a los medios y recitar generalidades esperando que el ruido tape las preguntas incómodas.


Y aquí es donde el tema se vuelve delicado. Los conflictos de interés no se resuelven con discursos largos ni con gestos serios. Se atienden con datos, documentos y decisiones claras. Un acto pensado más para salvar la coyuntura que para rendir cuentas; y cuando eso pasa, la desconfianza crece, aunque el funcionario argumente que todo está en orden.


La perrada no quiere linchamientos ni escándalos inflados, quiere respuestas, quiere saber si quien legisla lo hace con independencia o con compromisos cruzados, quiere entender si las decisiones públicas están pensadas para el bien común o para cuidar intereses particulares. Eso no es golpeteo, es la búsqueda de la verdad básica.


El problema de hablar sin decir nada es que tarde o temprano el silencio se vuelve ensordecedor, cada evasiva pesa, cada frase hueca se acumula. Y cuando la política pública se maneja así, se erosiona algo más grave que una imagen personal; se lastima la confianza en las instituciones.


Cerrar este tema requiere tacto, sí. Pero también firmeza, porque no se trata de atacar personas, sino de exigir verdades. La bandita merece funcionarios que expliquen sin rodeos, que enfrenten las dudas y que entiendan que el cargo no es un escudo, sino una responsabilidad. De lo contrario, la cantinfleada deja de ser anécdota y se convierte en síntoma. Y eso, en política, tarde o temprano termina cobrando factura.


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