"Noventa minutos de poder"
- Eder Angeles Hernández

- hace 2 días
- 3 min de lectura
Hay muy pocas cosas capaces de detener al mundo; una guerra lo divide, una elección lo polariza, una crisis económica lo sacude, pero un Mundial... un Mundial lo obliga a mirar hacia el mismo lado, durante noventa minutos desaparecen fronteras, idiomas, ideologías y hasta los pleitos familiares. El balón consigue lo que ningún discurso político ha logrado: reunir bajo un mismo techo a quienes normalmente no coincidirían ni por accidente.
La final de la Copa del Mundo 2026 fue precisamente eso, una fotografía del planeta. España levantó por segunda ocasión el trofeo más codiciado del fútbol, lo hizo con autoridad, con personalidad y con un dominio que pocas finales han presenciado, del otro lado, Argentina simplemente nunca encontró la brújula, tan contundente fue el control español que, por primera vez en una final mundialista, un equipo no logró realizar un solo disparo a la portería durante los noventa minutos reglamentarios. Hay derrotas que se explican con un gol; esta se explicó con un dominio absoluto.
Pero el verdadero espectáculo comenzó mucho antes del silbatazo inicial, las cámaras recorrieron los palcos y aquello parecía más una cumbre internacional que un evento deportivo. Presidentes, primeros ministros, jefes de Estado, empresarios, artistas, deportistas y celebridades compartían el mismo escenario, el fútbol volvió a demostrar que dejó de ser únicamente un deporte para convertirse en uno de los mayores escaparates políticos, económicos y culturales del planeta.
Y fue imposible no notar una imagen que inevitablemente despertó comentarios, la presidenta Claudia Sheinbaum estuvo presente en la gran final del Mundial; una presencia institucional que, desde luego, corresponde a la relevancia del evento. Sin embargo, para muchos resultó inevitable recordar que no asistió al partido inaugural disputado precisamente en territorio mexicano. Las razones podrán ser muchas y seguramente legítimas; pero en política, las ausencias también comunican, y muchas veces hablan más fuerte que los discursos.
Porque los mensajes que no se dicen, pero sí importan, Y en política, como en el fútbol, el momento en que se aparece suele ser tan importante como el lugar donde se está. Lo cierto es que este Mundial dejó mucho más que estadísticas. También marcó el inevitable cambio generacional que tarde o temprano tenía que llegar. Durante casi dos décadas el planeta giró alrededor de dos nombres: Lionel Messi y Cristiano Ronaldo, dos futbolistas que redefinieron una época, pulverizaron récords y convirtieron la excelencia en costumbre, pero el tiempo, ese árbitro que jamás se equivoca, terminó marcando el final de una era.
Y es que sin duda podremos decir: adiós Messi, adiós Cristiano. No es solamente el retiro de dos extraordinarios futbolistas; es el cierre de un capítulo que millones crecimos viendo domingo tras domingo, Mundial tras Mundial.
Ahora llegan nuevos protagonistas, nuevos ídolos y nuevas historias. Así funciona el deporte, así funciona la política y así funciona la vida, ninguna figura es eterna, ningún liderazgo permanece para siempre y ningún aplauso dura más que el siguiente silbatazo.
Quizá esa sea la mayor enseñanza que dejó este Mundial, mientras el balón rueda, todos parecen importantes; cuando el partido termina, solamente permanece el resultado.
Y eso también deberían recordarlo algunos políticos que viven más pendientes de aparecer en la fotografía que de construir un legado, porque los reflectores se apagan, las cámaras se marchan y la historia, igual que la afición, siempre termina recordando a quienes realmente hicieron diferencia dentro de la cancha.
España levantó la Copa del Mundo, el fútbol volvió a conquistar al planeta. Y el tiempo, una vez más, nos recordó que hasta las leyendas también escuchan el silbatazo final.





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