"Cuando la voz pesa"
- Eder Angeles Hernández

- hace 2 días
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Hay días en los que la ciudad parece distinta. No porque cambien las calles, ni porque el reloj camine más despacio, sino porque de pronto alguien decide alzar la voz y ya no callarse. Eso pasó este 8 de marzo en Pachuca. La bandita, la bandera, la perrada vio cómo cientos de mujeres tomaron las calles no para pedir permiso, sino para recordar algo que nunca debió ponerse en duda: el derecho a vivir sin miedo.
Ahí estuvieron los colectivos, firmes, con pancartas, consignas y sobre todo con memoria. Porque la memoria pesa, y pesa más cuando se trata de injusticias que durante años han sido ignoradas o, peor aún, minimizadas. Marcharon, gritaron, señalaron y exhibieron aquello que muchas veces se pretende ocultar bajo la alfombra de la costumbre o la indiferencia.
Y hay que decirlo con todas sus letras: así es como se escucha una voz: Alzándola, sin pedir disculpas o permiso por hacerlo. Reconocer esa valentía no es un gesto de cortesía política ni un guiño oportunista de temporada; es simplemente aceptar que la sociedad no avanza si la mitad de ella sigue caminando con miedo. Que nadie deje de hacerlo, que nadie deje de señalar lo que está mal. Porque cuando la sociedad se acostumbra al silencio, la injusticia encuentra terreno fértil.
Pero mientras en las calles se levantaban voces con causa, en las oficinas del poder parecía que la discusión caminaba por otros rumbos.
Resulta que en la “mañanera del pueblo”, el secretario de Seguridad estatal, Salvador Neri, dejó ver su incomodidad con su contraparte municipal. Que si las cosas no se están haciendo bien, que si la coordinación falla, que si la estrategia aquí o allá. Luego vino la reunión con el edil para “tratar los temas personalmente”.
Mientras las autoridades discuten entre ellas (a veces con más energía que resultados) la seguridad pública en Pachuca sigue pareciendo una novela donde todos saben que algo anda mal, pero nadie termina de resolverlo. Y es inevitable recordar aquella línea que atraviesa las páginas de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, cuando se describe ese extraño estado de las cosas donde la realidad parece repetirse una y otra vez hasta volverse costumbre.
Porque aquí la costumbre parece ser la misma: reuniones, declaraciones, incomodidades públicas… y la delincuencia viendo el espectáculo desde la primera fila.
Y ojo: nadie dice que las diferencias entre autoridades no existan. Las hay y siempre las habrá, lo que la bandita se pregunta (y con justa razón) es por qué esa misma firmeza no se ve cuando se trata de enfrentar a los verdaderos responsables de la violencia, a los que roban, intimidan y lastiman a la ciudadanía todos los días.
Porque si algo dejó claro el 8M es que la sociedad ya no está para silencios cómodos ni para simulaciones elegantes. Las mujeres salieron a decirlo con claridad: la violencia existe y se tiene que enfrentar. Y eso implica que las instituciones hagan exactamente lo que se supone que deben hacer.
Porque al final del día la ciudad no necesita funcionarios molestos entre sí; necesita autoridades que incomoden a los violentos, a los agresores y a los que creen que la ley es opcional.





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