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Vamos viendo…

  • Foto del escritor: Eder Angeles Hernández
    Eder Angeles Hernández
  • hace 3 días
  • 3 Min. de lectura

Dicen que en la mesa hay dos temas prohibidos: política y fútbol. No porque no importen, sino porque dividen, incomodan… y dicen más de nosotros de lo que quisiéramos aceptar. Pero pues ni modo, banda; se nos viene el Mundial y justo mezcla las dos cosas.


Y no cualquier Mundial, México vuelve a ser anfitrión por tercera vez, sí tres. Ningún otro país carga con ese dato, en el discurso suena a orgullo, a potencia organizativa, a vitrina mundial. Y sí... se vale sentirlo, pero también se vale preguntarlo, así, de frente, entre camaradas: ¿estamos listos o nomás estamos emocionados?


Porque no es solo fútbol, bandita, nunca se ha tratado solo de eso. Sino a la llegada masiva de gente, culturas cruzándose, miradas extranjeras posándose en lo cotidiano. Es el país expuesto, no en el discurso, sino en la práctica. Y ahí entra esa esencia que tanto presumimos: la hospitalidad del mexicano, La peñita que abre la puerta, que hace espacio, que dice: “pásele, joven”.


Pero también la misma que vive bajo esa vieja lógica: farol de la calle, candil de su casa. Mucho brillo hacia afuera… mientras adentro hay pendientes que preferimos no voltear a ver. Y cuando la pandilla crece y se vuelve multitud, ya no hablamos de individuos, sino de masa. Ahí es donde cobra sentido lo que planteaba Gustave Le Bon: la gente en conjunto no razona igual, siente más de lo que piensa, se contagia, reacciona, se mueve por impulso. Y un Mundial es eso: emoción amplificada.


Fiesta, sí; gritos, también, pero junto con eso viene cierto tipo de presión, desorden, improvisación expuesta. Lo que en lo individual se disimula, en colectivo se vuelve evidente. México ya ha estado aquí, no es novedad, pero tampoco es casualidad que cada ocasión haya coincidido con momentos políticos complejos. El fútbol genera cierto respiro, a la vez que funciona como un perfecto distractor y como narrativa alterna. No hace falta rascarle mucho: el balón ha servido más de una vez para cambiar la conversación.


Porque el fútbol, nos guste o no, permea en todo. En la política, en lo social, en la calle, no es solo deporte, es herramienta, es discurso, es válvula de escape… o reflector incómodo. Y ahora el reto no es solo nacional, también es local.


Estados cercanos a la capital (como el nuestro) no van a ser espectadores, van a ser extensión. Tránsito, visitantes, presión en servicios, dinámica alterada, no estamos en la sede, pero sí en la jugada. Y aquí entre nos, pandilla: ¿hay planeación real o seguimos confiando en que todo “salga como va…”?


Porque organizar un Mundial no es solo tener estadios listos, es tener ciudad, infraestructura que funcione, seguridad que responda, servicios que aguanten. La masa no perdona errores… y menos cuando el mundo está mirando y en medio de todo, lo más irónico: el deporte se diluye.


El fútbol, que debería ser el centro, termina rodeado (y a veces opacado) por la política, el marketing, la necesidad de proyectar una imagen. El balón rueda, sí… pero lo que realmente se juega muchas veces está fuera de la cancha, quizá esta vitrina global no solo sea para que nos vean desde afuera, sino para que nos miremos desde adentro.


Sin discurso, sin maquillaje, así que, bandita… vamos viendo si estamos listos, o si otra vez dejamos que la emoción haga su trabajo y la fiesta nos ayude a olvidar lo que nunca quisimos o pudimos resolver.


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