"Viral sí, pero la calidad…"
- Eder Angeles Hernández

- hace 1 hora
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México puede no ponerse de acuerdo en muchas cosas, pero sí de hacer tendencia se trata, la bandita se organiza mejor que en campaña electoral. Basta un buen escándalo, un par de personajes polémicos y listo: millones conectados, redes reventando y el país entero paralizado como si se tratara de un asunto de Estado, así arrancó el famoso Ring Royal, ese espectáculo que rompió récords con más de cinco millones de personas conectadas en vivo y un recinto lleno hasta el tope. Nada menor, nada improvisado, nada discreto.
Y sí, hay que decirlo: lo de Poncho De Nigris fue un fenómeno, nos guste o no, logró lo que muchos medios tradicionales y proyectos “serios” apenas sueñan. Atención masiva, conversación digital, impacto inmediato, México, otra vez, demostrando que es potencia en redes sociales, que aquí un clic vale oro… y la funa, todavía logra más, mucho más.
Porque claro, ahora se entiende por qué tanto influencer camina con pies de plomo. En este país te levantan en tendencia en cuestión de horas… o te bajan del pedestal con la misma velocidad. La audiencia manda, decide y ejecuta. Democracia digital, le dicen algunos; Tribunal sin apelación, dirían otros.
Pero aquí es donde la cosa se pone interesante (y un poco incómoda). Porque una cosa es reconocer la capacidad de convocatoria y otra muy distinta es aplaudir el contenido. Y ahí es donde el entusiasmo empieza a raspar. Ver a personajes como Alfredo Adame y Carlos Trejo subidos en un ring, o a Karely Ruiz enfrentándose con Marcela Mistral, podrá ser espectáculo, podrá ser morbo, podrá ser tendencia… pero difícilmente es calidad.
Y no, no se trata de caer en el discurso fácil de “todo está mal”. México tiene talento de sobra, tiene creadores, periodistas, artistas y proyectos que realmente aportan valor, identidad y orgullo, pero parece que, a la hora de elegir, la perrada muchas veces se inclina por el ruido sobre el contenido, por lo inmediato sobre lo relevante.
Y eso no es menor, porque mientras rompemos récords con este tipo de eventos, también intentamos vender al mundo una imagen distinta. En Hidalgo, por ejemplo, se impulsa una política turística que apuesta por la cultura, la historia, los pueblos mágicos, la gastronomía, la identidad. Se busca atraer miradas por lo que somos, por lo que tenemos, por lo que podemos ofrecer con dignidad.
Pero luego llega el algoritmo… y nos pone en el mapa por otras razones. No está mal entretenerse. No está mal consumir contenido ligero. Lo preocupante es cuando eso se vuelve la norma, cuando lo superficial desplaza por completo a lo sustancial, cuando lo que hace más ruido es lo que menos aporta y es aquí donde la reflexión deja de ser opcional.
Porque como bien advertía Gilles Lipovetsky en su libro La era del vacío, vivimos en una sociedad donde el espectáculo y la inmediatez terminan por vaciar de profundidad aquello que consumimos. Todo pasa rápido, todo entretiene… pero poco permanece.
Al final, cada quien consume lo que quiere, faltaba más, faltaba menos, pero si de verdad queremos que nos volteen a ver por lo que vale la pena, tal vez habría que empezar a exigir y consumir algo más que mera “viralidad".
Porque sí, México es tendencia, pero la calidad… esa sigue esperando turno.





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