"Fiesta pagana"
- Eder Angeles Hernández

- hace 22 horas
- 2 Min. de lectura
No fue solo un espectáculo de medio tiempo. Fue una postal. Una declaración. Un recordatorio de que, aunque muchos se empeñen en invisibilizarla, la comunidad latina no solo vive en Estados Unidos: sostiene en muchos sentidos a la nación más poderosa del mundo.
Bad Bunny tomó el escenario más visto del planeta y lo convirtió en barrio, en calle, en memoria compartida. Allí estaban la pizca bajo el sol inclemente, los tacos humeantes en la esquina, los puestos de compra y venta de oro con letreros fluorescentes, los cubanos jugando cartas como si el tiempo no pasara y hasta esa boda donde la música suena fuerte mientras un niño duerme ajeno al bullicio. No fue casualidad; fue identidad.
Podrá gustarte o no su música, podrás entender o no su estética, pero lo que hizo Benito fue algo que muy pocos artistas, aún con mayor trayectoria o técnica, han logrado: usar la plataforma más poderosa del entretenimiento global para contar una historia colectiva. No la historia aspiracional del éxito individual, sino la del esfuerzo cotidiano de millones que cruzaron fronteras físicas y simbólicas para construir una vida mejor.
En un país donde el debate migratorio suele cargarse de prejuicio y ruido político, el show fue un acto de afirmación cultural. Sin discursos incendiarios, sin consignas evidentes, solamente símbolos. Y vaya que estos símbolos, cuando están bien puestos, pesan más que cualquier declaración.
George Orwell escribió en su libro titulado 1984 que “quien controla el pasado controla el futuro; quien controla el presente controla el pasado”. Lo que hizo Bad Bunny fue disputar el presente. Recordar que la narrativa dominante no siempre refleja la realidad completa. Que la cultura latina no es un apéndice folklórico, sino una columna vertebral en sectores como el campo, la construcción, la gastronomía y el comercio. Que la fiesta no es evasión, es resistencia.
Porque sí, la comunidad latina es fiestera, alegre y ruidosa, pero también es trabajadora, resiliente y profundamente familiar. La boda con el niño dormido no es caricatura: es metáfora. Es la vida que sigue, aun cuando el cansancio pesa; es la celebración como acto de permanencia.
Muchos artistas internacionales han pisado ese escenario. Han deslumbrado con tecnología, coreografías y fuegos artificiales. Pero pocos han entendido que la verdadera potencia del espectáculo no está solo en la producción, sino en el mensaje. Benito lo entendió. Aprovechó el foco mundial no para hablar de sí mismo, sino de los suyos.
En tiempos donde el discurso del odio encuentra micrófonos generosos, responder con identidad, orgullo y celebración es un gesto político, aunque no se pronuncie como tal. Es recordar que el amor por las raíces puede ser más poderoso que cualquier intento de exclusión.
Y qué mejor que hacerlo en febrero. En el mes del amor y la amistad. En un escenario donde millones observan. Porque al final, frente al ruido, la polarización y la intolerancia, la salida no está en gritar más fuerte. Está en recordar que el amor (a la cultura, a la familia, a la comunidad) sigue siendo la forma más contundente de resistencia.
Señor Benito, guste o no su música, el respeto está ganado. Porque convertir el show más grande del mundo en una fiesta pagana cargada de dignidad no es poca cosa. Es historia cultural en tiempo real.










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