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"Tiempo al tiempo"

  • Foto del escritor: Eder Angeles Hernández
    Eder Angeles Hernández
  • hace 2 días
  • 2 Min. de lectura

Antes el rumor se perdía entre sollozos y voz baja. Hoy trae micrófono, logo, pauta publicitaria y hasta transmisión en vivo. Lo que antes era chisme de café ahora es “última novedad o exclusiva”. Y lo más grave no es que exista el chisme (eso ha acompañado a la perrada desde siempre), pero hoy preocupantemente se disfraza de periodismo sin pasar por el filtro más básico: CORROBORAR, sí lo leyó bien y en mayúsculas; corroborar, carajo.


En Hidalgo, la información parece atravesar una etapa peculiar. La irreverencia se celebra, el “me dijeron” se publica y la fuente dudosa se convierte en tendencia. Lo urgente le ganó a lo importante. Y así, entre la prisa y el clic fácil, la noticia se volvió eco. Un eco sin contexto, sin contraste y, muchas veces, sin verdad.


Anteriormente en la columna: la enajenación de la información; les comenté esa idea de que el exceso de mensajes no necesariamente genera más conocimiento, sino más confusión. Hoy día esa advertencia parece profética. Vivimos saturados de datos, declaraciones, filtraciones y capturas de pantalla que se comparten sin preguntarse si son reales. Lo importante no es verificar, es viralizar.


Gilles Lipovetsky, en La era del vacío, describía una sociedad dominada por la superficialidad, donde la profundidad cede ante la inmediatez y el espectáculo sustituye a la reflexión. Si uno observa cierta práctica periodística local, la radiografía es inquietantemente precisa: Titulares estridentes, análisis ligeros y una peligrosa inclinación a replicar sin investigar.


Y aquí es donde el asunto deja de ser anecdótico y se vuelve preocupante. Porque el periodismo no es entretenimiento con credencial, no es replicar lo que “anda circulando”, no es subirse al tren del hype y que las redes hagan el trabajo. Informar implica contrastar versiones, revisar documentos, preguntar dos veces y, cuando sea necesario, incomodar.


La ironía mayor es que esta crisis se da justo en la semana en que se celebra la famosa “Semana del Periodismo”. Paneles, reconocimientos, discursos solemnes sobre la ética y la responsabilidad social. Mucha foto, mucho aplauso… y afuera, en la vida real, una competencia feroz por ver quién publica primero, aunque no sea cierto.


La banda no es ingenua, puede tardar, pero distingue, se da color y sabe muy bien distinguir cuando hay rigor y cuando hay ocurrencia, advertir cuando una nota está trabajada y cuando es copia y pega con maquillaje editorial. Y cuando pierde la confianza, no regresa fácil.


Tiempo al tiempo. Porque la credibilidad no se pierde de golpe, se erosiona. Y cuando se va, no la rescata ni el mejor foro conmemorativo. El periodismo que se entrega al chisme disfrazado de primicia no solo daña su oficio, daña a la sociedad que depende de él para entender su realidad.


Ser irreverente no es ser irresponsable. Ser crítico no es ser descuidado. Y ser rápido no debería ser sinónimo de ser imprudente. Si el periodismo hidalguense quiere sobrevivir a esta era del vacío informativo, tendrá que hacer algo más que celebrarse a sí mismo.


Porque al final, el tiempo (ese juez que no concede entrevistas, ni da chayote) siempre pone las cosas en su lugar. Y cuando eso pase, quedará claro quién informó… y quién solo hizo ruido.


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